Esas son las dos únicas opciones cuando los aeropuertos te regalan un
retraso de madrugada. Las terminales se vacían, los viajeros que quedan se
tumban por la moqueta y te sientes como Viktor Navorski, el personaje
que encarnara maravillosamente Tom Hanks para Spielberg.
Me ocurrió durante cuatro horas en
el inhóspito aeropuerto Charles de Gaulle de París, y descubrí
(al menos
hubo wifi) que allí vivió el hombre real que inspirase la película, un
refugiado iraní, durante ¡8 años!
Llegado el caso, o te descubres ciudadano de la inexistente República de Krakozhia, o te
evades por el cuaderno con cuanto tengas a mano y pinte, no hay término medio; ni terminal que se
resista. ¡Bendito compañero de mochila!







































