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martes, 3 de abril de 2018

LIGERO DE APEROS



Ya compartí con vosotros hace unos meses, el escaso equipo cuadernero con que vivo ahora:



 El asunto es que sigo con él y de enero a esta primavera he aprendido lo siguiente:



Que prefiero captar una postura, un modo que desaparece, una actitud o un encapucharse digno de Zurbarán, antes que perderme en angustiosos ejercicios de “fidelidad”.



Que enseño mejor lo que más necesito aprender, como la rapidez de encaje de un trazo continuo.


Que, también en cuaderno, menos puede ser más y que el horizonte es sólo el bolsillo del Atlántico y en él me caben las Cíes junto con Onza y Ons porque quiero llevarlas conmigo.



Que curvando muros y represas, tenso el arco de mi atención y el placer de la hoja en blanco se dispara.



Que la acuarela también dibuja si se le deja espacio y tiempo.



Que, a veces, trazar para captar la rapidez de momentos, descubrimientos o emociones es más interesante que hacernos selfies con María Destreza o Juan con Miedo.  
  


Que puedo hacer desaparecer el mobiliario urbano y los árboles dejándolos caer por la pendiente de la plaza, que esa sí me interesa.



Que descubre quien quiere, no quien puede, pero hay que salir a por Rolex y a por setas indiscriminadamente.




Y que yendo más suelto de herramienta, papel y gesto, le voy perdiendo el temor al retrato…



… y me caben en el cuadernito, los amigos…



… y hasta la familia.